Hay una pregunta que ronda a casi cualquier familia hoy: cuánta pantalla es demasiada. Y aunque no hay una respuesta única, sí hay algo que se nota cuando los niños pasan muchas horas frente a un dispositivo. Les cuesta más sostener la atención, jugar sin un estímulo que les diga qué hacer a continuación, aburrirse y salir del aburrimiento por su cuenta. Frente a ese paisaje, el teatro para niños no es una actividad extraescolar más: es, casi punto por punto, lo que la pantalla les quita. Por eso queremos hablar de ello con calma, sin alarmismo y sin cifras de relleno.

No se trata de demonizar el móvil ni la tableta. Forman parte de su mundo y lo seguirán haciendo. Se trata de reconocer que hay cosas que solo se aprenden con el cuerpo presente, mirando a otro a los ojos, y que esas cosas no caben en una pantalla por buena que sea. El escenario es uno de los pocos sitios donde un niño vuelve a habitar todo eso de golpe.

Lo que la pantalla da y lo que se lleva

Una pantalla ofrece estímulo inmediato y constante. Pasa algo cada pocos segundos, no hay que esperar, no hay que negociar con nadie, no hay silencios incómodos. Es cómodo, y precisamente por eso es poco entrenante. El niño recibe, pero apenas produce; reacciona, pero rara vez decide; está acompañado por voces y caras que no le devuelven la mirada.

Lo que se va por el camino es justo lo difícil y lo valioso: la atención sostenida, la tolerancia a la espera, el juego que uno mismo inventa, la lectura de la cara del otro para saber si va en serio o en broma. Son habilidades que no se descargan, se ensayan. Y se ensayan jugando con otras personas, en tiempo real, asumiendo que el otro también tiene algo que decir.

Qué aporta el escenario que una pantalla no puede

Cuando un niño se sube a un escenario, o simplemente a un aula donde se hace teatro, le pedimos cosas que ninguna pantalla le pide. Le pedimos que esté aquí y ahora, porque el juego escénico no se puede pausar ni rebobinar. Le pedimos que escuche de verdad a su compañero, porque su siguiente acción depende de lo que el otro acaba de hacer. Y le pedimos que ponga el cuerpo, la voz y la mirada al servicio de algo que están construyendo entre todos.

Vale la pena detenerse en algunas de esas cosas que el teatro infantil pone en marcha y la pantalla no:

Las clases de teatro para niños y la pedagogía del cuerpo a la escena

La pedagogía actual del teatro con los pequeños no consiste en hacerles aprender un texto de memoria y recitarlo el día de la función. Eso sería, otra vez, imitar. Nuestro trabajo va por otro lado: del cuerpo a la escena. Primero el juego, el movimiento, la confianza en el grupo; después, poco a poco, la palabra y la construcción de personajes. El niño no copia un modelo, crea desde lo que es. De ahí nuestro lema: teatro que se crea, no que se imita.

En la práctica, una buena clase de teatro para niños empieza casi siempre por el juego. Juegos de calentamiento, de mirada, de ritmo, de confianza. Parecen simples y son profundamente serios: ahí se entrena la atención, el turno, la lectura del otro. Sobre esa base aparece la improvisación, donde el niño descubre que puede inventar y que sus ideas valen. Y solo más adelante, cuando hay grupo y hay confianza, llega el trabajo más fino de personaje, escena y texto.

Hay otra cosa que el teatro hace muy bien y que cuesta encontrar en otros sitios: enseña a equivocarse. En escena el error no se castiga, se aprovecha. Un olvido, un tropiezo, una propuesta rara de un compañero se convierten en material de juego. Para un niño acostumbrado a que la pantalla le dé siempre la respuesta correcta, descubrir que equivocarse puede ser el comienzo de algo es casi una revolución silenciosa.

Sin pantallas no, con las herramientas adecuadas sí

No proponemos el teatro como un antídoto ni como una penitencia contra la tecnología. Lo proponemos como lo que es: un espacio donde los niños recuperan músculos que en su día a día se ejercitan poco. La atención, la paciencia, la imaginación que no espera estímulo externo, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Cosas que les van a servir dentro y fuera del escenario, en el colegio, con los amigos y, más adelante, en cualquier sitio donde haya que hablar en público o trabajar en equipo.

Y lo hacen, además, pasándolo bien. Esa es la trampa buena del teatro: el niño cree que solo está jugando, y mientras juega está aprendiendo a estar presente. No hay pantalla que iguale la cara de un niño cuando descubre que ha hecho reír a la sala con algo que ha inventado él, o que ha sostenido una emoción difícil delante de los demás y no se ha roto.

Un sitio donde volver al cuerpo

En Escena Zero trabajamos teatro gestual y textual con niños de 6 a 12 años, con grupos para adolescentes y también para adultos. Nada de musical: cuerpo, voz, escena y juego real con otros. Si esto que cuentas te resuena, si en casa notáis que falta justamente algo de todo esto, quizá merezca la pena probar. Hay una clase de prueba pensada precisamente para eso, para que el niño la viva antes de decidir nada. Y si lo tuyo es un colegio, nuestras campañas escolares llevan el teatro hasta el aula. Sea como sea, la idea es la misma: devolverles un rato a la semana en el que vuelvan a estar, de verdad, presentes.

Devuélvele un rato de presencia a la semana

En nuestras clases de teatro para niños se trabaja cuerpo, voz y juego real. La primera clase de prueba cuesta 15 €.

Ver las clases de teatro