Cuando un colegio se plantea teatro en infantil, la primera duda es razonable: ¿qué van a hacer con tres años, si ni leen ni memorizan?

La respuesta corta es que a esa edad el teatro no va de actuar. Va de otra cosa, y es probablemente donde más se nota de todas las etapas.

Lo primero: las emociones

Es lo que más piden los centros y lo que mejor encaja a esa edad. Un niño de tres años siente rabia, miedo, celos o vergüenza con una intensidad enorme y sin apenas herramientas para gestionarlo, entre otras cosas porque todavía no sabe ponerles nombre.

El trabajo va por ahí, en tres pasos:

Reconocerlas. Ver una emoción en una cara, en un cuerpo, en un tono de voz. Nombrarla.

Expresarlas. "Enséñame cómo anda alguien que está enfadado." Se hace jugando, y de repente hay quince cuerpos pequeños atravesando la sala con los puños apretados.

Reconocerlas en otro. Que se den cuenta de que el de al lado también las tiene. Es el primer ladrillo de la empatía, y a esta edad no se explica: se juega.

El juego simbólico, que ya hacen solos

A los tres años ya juegan a ser: mamá, perro, dinosaurio, médico. El teatro no les enseña a hacerlo, lo ordena y lo lleva un paso más allá. Ponerse en el lugar de otro, sostener un personaje treinta segundos, escuchar lo que propone un compañero y seguirle la corriente en vez de imponer el suyo.

Esa última parte —seguir la propuesta del otro— es la que más cuesta y la que más sirve.

Cuentos motores

Un cuento que en vez de escucharse sentado se atraviesa con el cuerpo. Si en la historia hay un río, se cruza; si hay un bosque, se esquivan los árboles; si aparece un gigante, hay que hacerse pequeño.

Funciona porque a esta edad la atención sostenida es cortísima, pero la atención en movimiento aguanta muchísimo más. Se trabaja escucha, secuencia narrativa y vocabulario sin que ellos noten que están trabajando nada.

Cuerpo y voz, sin técnica

Nada de respiración diafragmática ni proyección. A esta edad es: caminar rápido y lento, hacerse grande y pequeño, ocupar el espacio sin chocarse, hablar fuerte y flojo, callarse cuando toca callarse.

Ese último punto, el silencio, es de los que más agradecen los tutores.

Y algo que no se cuenta: la escucha en grupo

Esperar el turno. Mirar a quien está en el centro. No hablar todos a la vez. Es lo más difícil de todo y no se consigue en un trimestre, pero es donde el teatro tiene una ventaja sobre casi cualquier otra actividad: aquí escuchar no es una norma de convivencia, es la regla del juego. Si no escuchas, el juego no funciona y se nota enseguida.

Lo que NO hay que esperar

Conviene decirlo claro, porque las expectativas equivocadas estropean buenos proyectos.

No van a memorizar un texto. Ni deben. A los tres, cuatro o cinco años, aprenderse frases de carrerilla no aporta nada y genera ansiedad.

No va a haber una función con vestuario en diciembre. Puede haber una muestra —enseñar a las familias un par de juegos de los que hacen— pero eso es enseñar el trabajo, no montar un espectáculo.

Nadie va a salir solo a actuar si no quiere. Se empieza siempre en grupo y en movimiento. La exposición individual llega sola, cuando llega, y a algunos no les llega en todo el curso. No pasa nada.

Y no todos participarán igual. Habrá quien mire desde fuera tres sesiones seguidas. Ese niño también está trabajando, y forzarle es la manera más rápida de perderlo.

Cómo se organiza en la práctica

Sesiones cortas —a esta edad, entre treinta y cuarenta y cinco minutos es el límite razonable—, grupos reducidos, y un espacio donde se puedan mover sin mesas. No hace falta más.

Lo que sí hace falta es que quien lo lleve tenga experiencia con infantil. Trabajar con quince niños de cuatro años no tiene nada que ver con dar clase a adolescentes, y se nota en los primeros diez minutos.

¿Teatro en tu centro?

Llevamos las clases al colegio, en horario lectivo o como extraescolar, de infantil a ESO. Te preparamos una propuesta con presupuesto cerrado en menos de 48 h.

Ver Aula Zero